2010027. Independencia líquida y testosterónica

Dándole vueltas al concepto de independencia y “la indisolubilidad de la nación española” en este 11 de septiembre de 2010 me surgen algunas reflexiones que quisiera compartir contigo, lector o lectora.

Cuando hace 1000 años un señor feudales decidía hacer la guerra al señor feudal del territorio vecino y perdía o ganaba, sus vasallos cambiaban de “estado” casi sin enterarse, entre otras cosas porque se dedicaban a sobrevivir y no tenían tiempo ni necesidad de preocuparse por su identidad nacional. De hecho el señor feudal era el propietario del territorio y de todo lo que éste contenía, incluyendo animales, leyes, recursos naturales, hombres, y sobre todo, mujeres.

Hoy en día es algo diferente. ¿Qué pasaría si mañana un grupo identitario decidiese proclamar la independiencia de un -llamémosle- Estado A para pasar a engrosar la nómina de un Estado B? ¿Porque no nos engañemos, en el fondo se trata de eso, no? La función de los señores feudales “Tú siervo dame el diezmo o parte de tu producción y yo te protejo y te dejo vivir en mi territorio”, ahora la asumen los estados con el “tú trabaja, paga impuestos y convive cívicamente y yo te permito vivir en mi territorio, te protejo, te educo, te curo y te doy una pensión hasta el fin de tus días”.

¿Cuál es entonces la diferencia? Claramente no en la recaudación para financiar las guerras, que en estas andamos todavía. Donde antes había un señor feudal con derecho de pernada ahora hay un señor estado que tiene a bien concederte permiso de residencia y trabajo en un territorio del que se ha apropiado, siempre que te portes bien y cumplas con unas leyes y constitución que tú no has votado.

Imaginemos que este grupo identitario cree que el Estado A no lo trata suficientemente bien y que prefiere trabajar para el Estado B, existente o por definir, que le prometa un futuro mejor y que además tenga en cuenta sus especificidades identitarias. ¿Cuál es el problema? Este punto que en el mercado laboral es tan claro -trabajo para quien me paga- o que en la otrora rutilante estrella del ciberespacio Second Life permitía crear naciones sin territorio, topa con la “propiedad” del territorio por parte del estado.

El grupo identitario puede si quiere independizarse  y vagar por el mundo, o establecerse en algún lugar. Y si el lugar escogido pertenece al Estado A -que en general obtuvo el territorio como botín de guerra- el grupo identitario tendrá que aceptar las condiciones que éste le imponga. Hasta hace pocos años, la única solución para el grupo identitario era declarar una guerra por el territorio de manera que el Estado B consiguiese también un territorio propio.

Esta estrategia era propia de los señores feudales, cuando no existía la democracia y ellos eran los propietarios reales de la tierra. Pero ¿es todavía así? ¿Realmente el Estado A -que no es más es que una entelequia jurídica- es propietario del territorio? Cuando hablamos de indisolubilidad de una nación, ¿no estaremos pensando más bien en la indisolubilidad de un territorio y de sus activos y pasivos?

Tal vez esta indisolubilidad, una propiedad tan sólida y testosterónica para los señores feudales, puede fácilmente disolverse como un azucarillo en estos tiempos líquidos de Zygmunt Bauman

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